La convergencia del uso popular de la Inteligencia Artificial (IA) con el grave déficit de conocimiento sobre su desempeño real ha llenado de maestrociruelas surtidos el universo digital, pero sobre todo ha aflorado muchas creencias infundadas sobre estos sistemas mistéricos, atribuyéndoseles capacidades entre prometeicas y sobrenaturales: se les presume casi humanos, pues en su rumbosa habilidad para la verborrea se apetecen sentimientos; y al mismo tiempo oráculos capaces de sentenciar con autoridad infalible sobre cualquier asunto que se les plantee. Incluso profesores universitarios vestidos y calzados dan ya por alcanzada la singularidad, el presunto adelantamiento a la inteligencia humana, cabalgando el entusiasmo infantil (y quien sabe si la cartera llena) en lugar de la evidencia objetiva. Gran parte de la población digitalizada usa ya la IA generativa como terapeuta, camarero sujetavelas, médico de cabecera, mentor y lo que se tercie. En este punto, haré mi humilde aport...
Siguen siendo malos tiempos para el humor. Pareciera que estemos cambiando de época, pues de otro modo no se atrevería Bajo Ulloa a disentir en público ni Santiago Segura cerrar su saga más taquillera; pero en España apenas quedan humoristas, acaso bufones complacientes con algún poder político para darles «un sentido» a su labor: así como los antiguos fariseos torcían el gesto para pregonar que ayunaban, los modernos se ajustan la mueca permanente de oler mierda para impostar su visión crítica y despierta ante el mundo, inherentemente injusto y sin motivos para reír. Hasta las presuntas revistas satíricas se avergüenzan de sí mismas, del humor guarro y el tetaculismo que les daba de comer hasta hace dos días. Nótese que Torrente está cada vez más domesticado y a nadie se le pasa por la cabeza hacer road movies de puteros... y esa es la cuestión. Sobre esto hay mucho escrito, en forma de ensayitos específicos y cortos (se conoce que al público objetivo se le hace bola) de tít...