Cuando Mircea Cartarescu mostró en Instagram que había terminado su última novela, me invadió una sensación extraña. No concebía qué podría venir tras ese reloj automático del tamaño de Bucarest que nos dejó en Solenoide, que ya fue toda una machada después de perpetrar la salvaje y rapsódica Cegador: cualquier pluma en el almirantazgo hubiera terminado exhausta y desconcertada, como después de un acoplamiento atlético, como después de vaciarse de su simiente; una obra muy difícil de superar. Hay que gobernar el talento con responsabilidad.
Comprobamos al fin que el autor conseguía innovar volviendo a sus orígenes: El Levante es tal vez su obra menos conocida en España, pero con aquella pequeña delicia debutó en la narrativa, ensayando ya recursos que desplegaría en sus grandes obras, y también fue geogonía para el universo en que navega Theodoros. Lo leímos como prosa por las estrecheces de la traducción, pero es en realidad un poema épico tributo explícito a la Hélade, fundadora de nuestra civilización y faro subversivo en tiempos del dominio otomano sobre el conglomerado suroriental europeo. Al cabo, Tudor/Theodoros/Tewodros es por encima de todo un palicari, icono rebelde que interseca soldado, aventurero y pirata... Seguir leyendo